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Español

Hakone-machi, prefectura de Kanagawa

Hakone a lo largo de las estaciones

He subido muchas veces a Hakone por la carretera nacional 1. Con cada cambio de estación descubro una faceta nueva, aunque tenga el camino más que recorrido. Aquí he reunido los paisajes de las cuatro estaciones y algunas historias de Hakone: la de quienes cruzaban el puerto de montaña, la leyenda del dragón del lago Ashi y la de los «siete años» de los huevos negros.

En la hilera de cerezos de Miyagino, junto al Hayakawa, iluminada por la noche, la protagonista contempla muy seria un solo pétalo; algo más lejos, su amiga le enseña triunfante la palma repleta de pétalos. A un lado, una sucesión de pequeñas presas escalonadas atraviesa el Hayakawa.
PrimaveraDe principios a mediados de abril

Cerezos en flor junto al Hayakawa, en Miyagino

Aquella noche, en la ribera de Miyagino, se oía hasta debajo de los cerezos el agua del Hayakawa cayendo por las pequeñas presas escalonadas. Las ramas iluminadas se extendían por encima de mi cabeza, y no me di cuenta de que me había quedado parada hasta que mi amiga me llamó por mi nombre. Fue entonces cuando noté que tenía los brazos fríos, cubiertos solo por una sudadera con capucha.

Después empezamos un juego para ver quién atrapaba más pétalos, y perdí por goleada. Solo me quedó uno en la palma de la mano. Aun así, todavía recuerdo perfectamente la forma de aquel pétalo.

Dentro del tren de montaña Hakone Tozan, en un día lluvioso, la protagonista mira las hortensias que florecen justo al otro lado de la ventanilla.
VeranoDe mediados de junio a mediados de julio

Hortensias junto al tren de montaña Hakone Tozan

Los días que no conduzco, me quedo pegada a la ventanilla. En el tren de montaña Hakone Tozan, una mañana de lluvia, fui siguiendo una a una las hortensias que florecían justo al otro lado del cristal.

Con las gotas de lluvia, las flores se difuminaban; en cuanto resbalaban por el cristal, volvían a verse nítidas. Me quedé mirando ese vaivén y, cuando me di cuenta, ya habíamos llegado a Gora.

En el sendero de la pradera de hierba susuki de Sengokuhara, iluminada por el sol de la mañana, la amiga se vuelve y saluda con la mano mientras la protagonista la persigue con los brazos abiertos. A los pies de la ladera hay un coche rojo y otro amarillo.
OtoñoDe septiembre a finales de noviembre

Pradera de hierba susuki de Sengokuhara

Entre la hierba susuki de Sengokuhara, bañada por el sol de la mañana, mi amiga caminaba por delante; se volvió y me saludó con la mano. A los pies de la ladera estaban los dos coches, uno rojo y otro amarillo, que habíamos aparcado uno junto al otro. Al acordarme de la subida que habíamos hecho hasta allí en nuestros dos coches, me sentí un poco orgullosa.

Con los brazos abiertos, fui tras mi amiga, rozando con las manos las puntas de las espigas. Yo iba detrás de ella, pero las espigas relucientes me hacían detenerme una y otra vez; cada vez que paraba, mi amiga volvía a alejarse.

A orillas del lago Ashi, en una mañana de invierno, la protagonista contempla el monte Fuji nevado y un torii rojo que se alza en el lago, con un vaso de papel en las manos; un poco más allá, su amiga ya lo fotografía con el móvil.
InviernoDe diciembre a febrero

El torii de la Paz de Moto-Hakone y el monte Fuji

Una mañana de invierno en el lago Ashi. Al otro lado del torii que se alza en el agua, el monte Fuji, cubierto de nieve, se veía con una nitidez increíble. Me sorprendía que la montaña, tan lejana, y el torii de delante quedaran tan bien alineados en el mismo paisaje.

Me quedé contemplándolo todo con las dos manos alrededor del vaso de papel caliente. Cuando miré a mi amiga, que estaba un poco más lejos, ya había terminado de hacer fotos. Solo entonces caí en que me había quedado embobada y me había olvidado de sacar la mía.

Historia

El camino de quienes cruzaban el puerto de montaña

Cada vez que subo la cuesta de Hakone por la carretera nacional 1, pienso que antes la gente cruzaba esta montaña a pie. En el periodo Edo, los viajeros pasaban por el puesto de control antes de cruzar el puerto de montaña. Yo me siento un poco orgullosa cuando consigo subir con soltura una carretera llena de curvas al volante; comparada con mi subida, la travesía a pie de aquellos viajeros tuvo que ser durísima.

  • El santuario Hakone-jinja se fundó en el primer año de la era Tenpyō-hōji (757), cuando el monje Mangan levantó sus edificios. Antiguamente se conocía como Hakone Daigongen; durante la era Meiji, al separarse el budismo y el sintoísmo, pasó a llamarse Hakone-jinja.
  • Durante el periodo Kamakura, Minamoto no Yoritomo profesó una profunda devoción al santuario y, en el periodo Edo, Tokugawa Ieyasu ordenó obras para construir sus pabellones. En la historia del santuario aparecen varios nombres que ya había visto en los libros de texto.
  • El puesto de control de Hakone se estableció en el quinto año de la era Genna (1619). En 2007 se reconstruyó por completo con técnicas y materiales de carpintería y cantería del periodo Edo.

Lugares de poder

Santuario Hakone-jinja

El santuario Hakone-jinja tiene fama de proteger a quienes viajan y de ayudar a encontrar pareja. Para mí, pedir protección en la carretera es lo más importante. En cuanto a lo de encontrar pareja, junté las manos para rezar, pero me quedé sin saber qué pedir exactamente; dudé un poco.

  • Se le venera para pedir buena fortuna, protección frente a las desgracias, el cumplimiento de los deseos, seguridad vial y buenos vínculos amorosos. Se le conoce como «la deidad que abre el camino a la fortuna».
  • El torii de la Paz, erigido en el lago, se construyó en 1952. La placa, colocada en 1964, lleva la palabra «Paz» escrita de puño y letra por el ex primer ministro Shigeru Yoshida.
  • En el recinto hay un cedro Anzan-sugi de más de 1.000 años, al que se reza para pedir hijos y un parto seguro. También está el cedro Yatate-no-sugi, relacionado con los amuletos Kachi-mamori. Según la historia que se cuenta, el monje Mangan apaciguó al dragón venerado en el santuario Kuzuryū-jinja (Shingū), también dentro del recinto, y este se convirtió en el guardián del lago Ashi. Por haber oído esa historia, en invierno me quedé mirando el agua por encima de la barandilla de piedra, intentando encontrar al dragón.

Especialidades

Los huevos negros de Ōwakudani

En otoño, al volver de Sengokuhara, paré en Ōwakudani y me comí dos huevos negros. Mi amiga se rió y me llamó glotona, pero después de oír la leyenda de los siete años, creo que cuesta más conformarse con uno solo.

  • Se dice que comer un huevo negro de Ōwakudani alarga la vida siete años. También se cuenta que esta tradición se inspira en Enmei Jizōson, el Jizō de la longevidad de Ōwakudani.