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Diario de ruta · 2025-10-24
Sea Firefly
Esta noche apunto la moto hacia la bahía, y las luces de la costa trazan largas líneas brillantes sobre el agua oscura. En la caseta de peaje la barrera baja y reviso mi bolsillo: esta noche no llevo tarjeta, así que el descuento de medianoche se me escapa y pago la tarifa completa con rabia, cuatro mil en efectivo, y suelto el aire hacia la medianoche. Tengo un humo de embrague quemado en la cabeza y el corazón a sobrerrevoluciones. Aun así mantengo la línea, un giro más del acelerador, la aguja desbordándose en negro, los ojos alineados con la carretera.
Llevada por ese impulso me paso la bifurcación, el cartel del estacionamiento se desliza a un lado antes de que pueda reaccionar, y el túnel submarino se traga el cielo entero. Oh, Dios mío: la frase rebota entre el cromo y los azulejos. Mi top y mi falda de pleno verano se sienten fríos aquí abajo a medianoche, más fríos de lo que había previsto, pero respiro y sonrío. Con el pelo largo flotando al viento, por dentro sigo serena, sin prisa en la mente, y el peaje que dejé atrás se convierte en pequeñas chispas de tiempo.
Y entonces caigo en la cuenta. Si me pasé el estacionamiento, la caseta de vuelta me está esperando, y pagaré la tarifa completa otra vez: mi efectivo cambiado por lágrimas. Pero allá sobre la bahía ese faro encendido sigue llamándome a casa, mi estrella de medianoche, mi luciérnaga de mar. Aunque lo deje atrás, atraparé su luz en el viaje de regreso. Así que dejo que la noche siga brillando y me dejo llevar de vuelta hacia el resplandor.